La niña y el perrito

Tu mayor Don, brota cuando compartes.

A veces, solo necesitamos amor para recordar quiénes somos

Era un camino de tierra, barro y piedrecillas que se le clavaban en los pequeños pies descalzos.

Vestía harapos y no tenía abrigo.

Todos los días hacía el recorrido dos veces. A la salida del sol y al ocaso.

Era huérfana y ese era su camino de vida.

Caminaba con el objetivo de llegar al mercado; en dónde buenas señoras que regentaban puestecillos de comida, le daban restos e incluso alguna vez; raciones completas.

No recordaba otra vida, no recordaba el amor de unos padres, ni el calor de un hogar. No se quejaba nunca de su suerte y no añoraba nada porque nunca poseyera nada. Se refugiaba en una vieja y destartalada cabaña en el bosque. Pasaba mucho frío las heladas noches de invierno, pero agradecía al cielo los periódicos viejos que iba acumulando y le servían para calentarse.

Era su vida.

No conocía otra.

Un día mientras disfrutaba de una buena ración de comida se sentó a su lado un perrito, pequeño y muy esquelético. Con amor le preguntó: «¿Tienes hambre?» Supuso por su estado que así era y compartió con él la comida, a partes iguales. El perro la siguió y pasaron muchos días juntos.

Su felicidad estaba completa.

El cielo le había enviado un compañero de vida.

Pasaron las semanas, los meses y el perrito cada vez estaba más y más saludable. No sabía cómo dar las gracias a su querida amiga. Era consciente de que tenía unos dones, pero se le habían olvidado cuando lo dejaron abandonado en el camino. Provenía de un circo y era un perrito muy ágil y bailarín. Sabía mantenerse erguido sobre las patas traseras; brincaba y bailaba sobre ellas y emitía sonidos que parecían música. La primera vez que lo hizo, la niña no daba crédito. La gente los miraba y les lanzaban monedas. «MONEDAS». La niña se emocionó y para acompañar al perrito comenzó a cantar. De su boca salían sonidos celestiales. Su voz era la melodía más dulce que jamás, se había escuchado en la faz de la tierra.

A partir de ese día, la suerte de la niña y el perrito cambió. Tenían un don y pese a que pasaron años muy duros, un día lo dejaron brotar para compartirlo con la humanidad. Aquel que oía a la niña cantar, aquel que veía al perrito bailar, conectaba con su alma y por unos instantes sentía felicidad plena en su corazón.

No te quejes jamás de tu mala suerte. Deja de victimizarte y busca dentro de ti ese Don que tienes escondido. Lo tienes, de verdad… Y en el fondo de tu corazón, lo sabes.

Cuento registrado por María Belén Fernández Vilar el 13 de marzo de 2020

¿Quieres descubrir tus dones?