Mi formación

La Paloma y el Cuervo

¿Se juntarán luz y oscuridad?

Se admiraban en la lejanía porque no se atrevían a acercarse.

LA PALOMA Y EL CUERVO

Su belleza era espectacular, no podía menos que admirarla.

La observaba desde lejos porque era imposible acercarse sin asustarla. Era tal su talento de bondad y nobleza que con su oscuridad la espantaría. Ella, el símbolo de la paz, la gracia divina de Dios… Descrita como portadora de buenas noticias, como mensajera de amor. Ella, blanca como la nieva y pura como el agua cristalina brotando de las montañas.

Su misterio era irresistible, no podía menos que admirarlo.

Lo observaba desde lejos porque era imposible acercarse sin enfadarlo. Era tal el talento autoritario y agresivo que con su claridad lo espantaría. Él, el símbolo de la oscuridad, de los ritos paganos… Descrito como portador de malas noticias, como mensajero de duelos y dolor. Él, negro como el azabache y severo como el más despiadado de los maestros.

¿Cómo dos seres tan distintos, tan contrarios podían amarse de esa manera en la lejanía?

Así es la vida querido amigo, el alma no escoge a quién amar. Cuando lo hace es por un motivo más allá del entendimiento y esta historia de hace muchísimos años tiene un porqué.

Un día el cuervo se armó de valor: «Si tanto sabe de amor… ¿Por qué no ha de amarme a mí también?». Pensó.

Y así fue como se acercó el cuervo a la paloma y ésta loca de amor por él desde hacía mucho tiempo, lo aceptó tal cual era, imperfecto, como tan imperfecta era ella por más que muchos no lo quisieran ver.

Una vez más Luz y Oscuridad se atraen, se complementan y se equilibran.

De ese amor tan incondicional surgió una preciosa ave, que tampoco tiene muy buena fama en Galicia: la urraca (pega en gallego), de la que dicen es «ave de mal agüero». Pero… ¿Cómo un ser tan increíble, nacido de un amor tan puro puede dar mala suerte?

Cuento registrado por María Belén Fernández Vilar el 4 de junio de 2020

La niña y el perrito

Tu mayor Don, brota cuando compartes.

A veces, solo necesitamos amor para recordar quiénes somos

Era un camino de tierra, barro y piedrecillas que se le clavaban en los pequeños pies descalzos.

Vestía harapos y no tenía abrigo.

Todos los días hacía el recorrido dos veces. A la salida del sol y al ocaso.

Era huérfana y ese era su camino de vida.

Caminaba con el objetivo de llegar al mercado; en dónde buenas señoras que regentaban puestecillos de comida, le daban restos e incluso alguna vez; raciones completas.

No recordaba otra vida, no recordaba el amor de unos padres, ni el calor de un hogar. No se quejaba nunca de su suerte y no añoraba nada porque nunca poseyera nada. Se refugiaba en una vieja y destartalada cabaña en el bosque. Pasaba mucho frío las heladas noches de invierno, pero agradecía al cielo los periódicos viejos que iba acumulando y le servían para calentarse.

Era su vida.

No conocía otra.

Un día mientras disfrutaba de una buena ración de comida se sentó a su lado un perrito, pequeño y muy esquelético. Con amor le preguntó: «¿Tienes hambre?» Supuso por su estado que así era y compartió con él la comida, a partes iguales. El perro la siguió y pasaron muchos días juntos.

Su felicidad estaba completa.

El cielo le había enviado un compañero de vida.

Pasaron las semanas, los meses y el perrito cada vez estaba más y más saludable. No sabía cómo dar las gracias a su querida amiga. Era consciente de que tenía unos dones, pero se le habían olvidado cuando lo dejaron abandonado en el camino. Provenía de un circo y era un perrito muy ágil y bailarín. Sabía mantenerse erguido sobre las patas traseras; brincaba y bailaba sobre ellas y emitía sonidos que parecían música. La primera vez que lo hizo, la niña no daba crédito. La gente los miraba y les lanzaban monedas. «MONEDAS». La niña se emocionó y para acompañar al perrito comenzó a cantar. De su boca salían sonidos celestiales. Su voz era la melodía más dulce que jamás, se había escuchado en la faz de la tierra.

A partir de ese día, la suerte de la niña y el perrito cambió. Tenían un don y pese a que pasaron años muy duros, un día lo dejaron brotar para compartirlo con la humanidad. Aquel que oía a la niña cantar, aquel que veía al perrito bailar, conectaba con su alma y por unos instantes sentía felicidad plena en su corazón.

No te quejes jamás de tu mala suerte. Deja de victimizarte y busca dentro de ti ese Don que tienes escondido. Lo tienes, de verdad… Y en el fondo de tu corazón, lo sabes.

Cuento registrado por María Belén Fernández Vilar el 13 de marzo de 2020

La Gran Noche

A veces, el alma se apaga para siempre.

Ella no sabía lo que planeaban

Sentía una energía rara y espesa.

Desde hacía muchos años, usaba una forma para evitar esas descargas. Ir al mar o al monte. Ese día me decidí por el monte. Las playas en esa época eran un hervidero de gente… Me apetecía soledad y conexión con la madre naturaleza.

En aquel rincón bello del norte de Galicia respiré… Respiré esa mezcla de olores a mar, eucalipto… pura magia para mi olfato hiper sensitivo.

Me descalcé. Pisé la hierba verde y abundante. Tras sentirla bien en mis pies, me senté sobre ella. En posición de Loto.

Fui trasladara más rápido que nunca.

Allatu estaba meciendo a su primogénita: Zaña.

Zaña era un bebé de apenas un mes de vida y Allatu la adoraba. No por ser fruto del gran amor que procesaba a su querido esposo: Kingu… Si no, porque era una hermosa niña de piel rosa, con ojos inmensos y negros que todavía no veían muy bien y de temperamento tranquilo. Apenas lloraba. Comía y dormía. Ella no daba su pecho, no era lo correcto. Eso lo hacía la esclava que había traído su esposo.

Allatu no estaba de acuerdo con cómo se trataba a las mujeres. Su esposo era un escriba estudiante de la Eduba y tenían largas charlas sobre cómo se había deteriorado el trato a las mujeres, sus derechos y libertades con el paso de los siglos. Él la escuchaba y apoyaba sus ideas. Pero… Desde hacía un tiempo ya no la quería escuchar. Le decía que no podía permitirse flaquear y que, si las cosas eran así, eran así y punto.

Estaba dando su pequeño pecho a Zaña cuando sintió la voz de Kingu.

Rápidamente se colocó la túnica y posó a Zaña sobre el serón.

Salió al encuentro de su esposo. Estaba en el patio central hablando con los esclavos.

— ¡Me han escogido para la gran noche, amada esposa…! —Gritaba mientras la upaba — Es un privilegio que mi tío Habumabi la escoja.

«La gran noche».

Hacía tiempo que Allatu escuchaba que esa «gran noche»; algo grande iba a suceder. Sin embargo, nadie le contaba nada.

Su esposo había empezado a cambiar su actitud desde que los «de arriba», organizaban un gran evento para esa noche.

La casa elegida fue la de él. La de Kingu. Sobrino por parte de madre del Rey de Babilonia, Habumabi.

Su esposa Allatu, tenía que vestir con las telas más caras de todo Oriente Medio. La niña de apenas un mes, tenía que estar dormida. En ayunas. Nueve días antes, Kingu la llevo al Zigurat. Debía pasar la novena lo más cerca posible de los Dioses.

La separación destrozó el alma de Allatu. No comía, no bebía… Solamente lloraba y dormía cuando quedaba agotada. Fueron nueve días. Nueve días de dolor y sufrimiento. No podía dejar de pensar en su dulce y hermosa Zaña.

Llegó la gran noche. Allatu fue vestida y maquillada como una Diosa. Su marido la admiró. Era la mujer más bella de toda Babilonia y la más fértil. Tendría muchos hijos con ella.

La habitación central de la vivienda estaba llena de gente. Todos con túnicas negras y la cara tapada. No se podía saber quién era quién. Una única diferencia: alguien que vestía una túnica roja.

Kingu también vestía una túnica negra.

El hombre de la túnica roja, tenía una voz potente y aguda e indicó a todos que comenzaban.

De repente se escuchó el llanto de un niño y Allatu se dirigió corriendo hacia él… Alguien la asió fuertemente y le tapó la boca.

Vio una figura de negro acercarse al altar de piedra, donde aguardaba el misterioso hombre de la túnica roja. Colocó al bebé sobre el altar. Comenzaron cánticos en un idioma mucho más antiguo… Un idioma que pocos conocían.

El hombre de la túnica roja gritó algo. En ese justo momento la Luna tapó al Sol. El hombre alzó una daga con el mango dorado y…

12 de agosto de 1786 A.C. ella no murió aquel día. Pero su luz se apagó para siempre. Y aún a día de hoy, sigue buscándola.

Volví a la actualidad y, cómo siempre, no me acordaba de qué había vivido allí. Pero mi sensación ahora era diferente. Sentía paz. Sabía que mi camino era llevar la luz a todas las almas perdidas del planeta.

Cuento registrado por María Belén Fernández Vilar el 12 de agosto del 2026

El Mirrow «das Fragas» – O Mirrow das Fragas

Una leyenda de Galicia sobre la naturaleza, la paz y el amor que transforma.

Su misión era la más trascendental…

Un Mirrow es un ser acuático, como las sirenas o las ninfas, pero con una esencia masculina.

Vivían en los parajes del noroeste de Galicia, como elementales de la naturaleza. Eran los encargados de cuidar de ella. Las guerras, el odio, la ira y el resentimiento habitaban en los corazones humanos. La destrucción era tal que, no se daban cuenta del daño que estaban causando a la Madre Naturaleza.

Un día la diosa Xistral tuvo que actuar. Envió a sus hijos a cumplir misiones.

Masma, de una belleza sin igual, era la hija mayor de Xistral. Vestida de azul y con el pelo negro azabache, fue la encargada de aparecer en los sueños de los humanos como una gota de agua pura. Tenía que recordarles en susurros, la importancia del agua.

Landro, la ninfa pelirroja, era la segunda hija de Xistral. Aparecía en los sueños de los humanos vestida de ocre, con la piel morena y el pelo rojo como el fuego. Susurraba la palabra «amor». Transformaba la ira, el odio y el miedo en amor.

Eume el Mirrow, era el hijo menor de Xistral. Era alegre por naturaleza, pues era nieto directo de la propia Gaia. Corría por los valles cantando y bailando. Soñaba con llegar al mar y enamorarse de una sirena, pero su misión era la más trascendental.

Eume se convertiría en humano y acudiría a una de esas sangrientas guerras. Allí comenzaría la labor de reeducar a los soldados en la paz. Su misión era la más peligrosa y, al mismo tiempo, la más necesaria.

¿Sería el Mirrow de las Fragas capaz de poner fin a la destrucción?

Y así fue, amigos. Eume, ayudado por muchos elementales invisibles de la tierra, el fuego, el agua y el aire, trajo restauró la paz en el planeta.

Hay quienes aseguran que no es más que una leyenda. Sin embargo, si una tarde antes de la puesta de sol, te sientas a orillas del río Eume, Landro o Masma y cierras los ojos, visualizarás a los tres elementales dándote las gracias. Dicen los ancianos lugareños que, si respiras profundamente y te concentras, verás cómo la cordillera del Xistral, se transforma en una hermosa dama vestida de blanco y con el pelo verde, que sonríe orgullosa ante la obra de sus hijos.

NOTA: La naturaleza, en toda su esencia, es tan importante como los seres humanos. Estaba aquí antes que nosotros; formamos parte de ella. No debemos olvidarlo.

Esta leyenda ha sido redactada y registrada por María Belén Fernández Vilar el 18 de mayo de 2023

La princesa que no sabía amar

A veces, amar es saber decir «adiós»,

Tenía todo, pero le faltaba lo más importante

Había una vez una princesa muy caprichosa.

Vivía en un inmenso palacio, con miles de criadas que le hacían hasta la mínima tarea. Disponía de un séquito de chicos y chicas de su edad para jugar y divertirse. Su mayor diversión consistía en presumir de posesiones: muñecas, juguetes, joyas, vestidos, un palacio de verano en la playa… Era vanidosa y nunca se alejaba mucho de su espejo de mano. Le encantaba ver la cara de admiración en la gente que la rodeaba. Era la más poderosa y la más hermosa.

Una noche tormentosa con truenos sonoros y rayos esplendorosos, llegó a palacio un hermoso chico de tez morena y ojos negros azabache como los de nuestra presumida princesa. Fue conducido por el ama de los chicos a la alcoba que estos ocupaban. Su estado era desastroso; vestía con harapos, estaba completamente mojado y olía a humedad. Los chicos que estaban despiertos comenzaron a gritar: «¡No queremos ese engendro aquí! «¡Huele fatal! ¡Qué asco!» La Princesa se despertó con los gritos y fue a ver qué pasaba.

El chico y la Princesa se miraron directamente a los ojos, los dos tenían el mismo color. Sintieron amor y ternura el uno por el otro sin apenas conocerse. La Princesa nunca había sentido esas hermosas cualidades y lo único que quería era colmarlo de atenciones, que lo asearan, perfumaran, lo vistiesen de sedas, con joyas y siempre nombrándola a ella. 

A la mañana siguiente la Princesa sintió una inmensa alegría en su corazón, era como si todo su ser radiase felicidad. Estaba loca por volver a reencontrarse con el chico y saber de él. ¿Cómo había llegado al palacio? ¿De dónde procedía? Quería agradarlo y enseñarle todas sus riquezas. Quería decirle que las compartiría con él.

Lo encontró muy triste apoyado en la ventana. No entendía cómo podía sentirse así ¿albergaba lo mismo que ella en el corazón? Tendría que estar jubiloso.

Lo llevó a su alcoba para mostrarte todas sus pertenencias.

La alcoba de la Princesa era espectacular. Muchos ventanales colocados de forma estratégica le daban claridad. Estaba decorada en tonos rosa salmón y azules celestes. Había muebles elegantes por todas partes y varios joyeros rebosantes de piedras preciosas, brazaletes, collares…. Dos grandes vestidores repletos de vestidos y accesorios y muchísimas muñecas de porcelana observaban a los dos chicos desde todas partes.

— Mira cuantas cosas poseo. Preciosidades —. Le dijo mientras le mostraba joyas, vestidos…. — Pero sabes lo mejor. ¡Voy a compartir todo contigo, solo contigo! Porque me gustas y te voy a comprar joyas y ropa. Te voy a tratar como a un príncipe.

La princesa hablaba y hablaba, hacía preguntas, acariciaba al chico e intentaba con todas sus fuerzas verlo sonreír. Necesitaba que le profesase admiración, que la alagase y que le diera las gracias por todo el amor que le daba. Pero el chico no hablaba. No sonreía.

Pasaron días, meses, sin que de la boca del chico saliese una sola palabra, o una sonrisa. La princesa se desesperó. Lo castigó. Lo abrazó. Le regaló joyas, se las quitó…

Todo el amor que sintió la noche de tormenta, todas las cosas hermosas que le hizo sentir se convirtieron en odio. Lo odiaba y ese odio la hacía sufrir como jamás imaginó que sería posible.  

Un día harta de tanta indiferencia y desprecio, decidió que iba a relegarlo a las caballerizas y que ella misma lo obligaría a limpiarlas y a trabajar hasta caer rendido.  

Cuando llegó a la alcoba del chico lo encontró en la ventana llorando. Se sintió abrumada. El odió se apaciguó y se tornó en ternura:

— ¿Por qué lloras? ¿Por qué te sientes tan infeliz? No entiendo que después de haberte dado la opción de compartir contigo mis riquezas, de tratarte con amor, de decirte que eres mi más preciado tesoro miles y miles de veces, de colmarte de cariño y atenciones como jamás hice con nadie, te sientas tan infeliz.

— Princesa — Habló el chico por primera vez —. No puedo ser feliz en palacio con vos, porque no soy libre, porque no necesito riquezas materiales. Crecí en el bosque, salvaje, con animales y mi tribu y allí deseo volver. Mi cuerpo está aquí, pero mi mente está allá. Si realmente me amas como dices, si realmente quieres mi felicidad como dices, déjame libre. Déjame volver a los ríos, a los árboles, al mar, déjame ir con mis animales, con mi gente, déjame ser… Déjame ser yo.

La princesa lloró por primera vez con el corazón. Amaba a aquel chico con todas sus fuerzas, pero entendió que era imposible, que jamás la amaría. Lo liberó y esa nueva sensación le causó más felicidad porque comprendió lo que era amar de verdad.

Cuento registrado por María Belén Fernández Vilar el 25 de febrero del 2020

La encantadora Hechicera

Adéntrate en esta conmovedora historia de amor.

El amor se siente

El jardín era hermoso. Verde por todas partes y con los colores de las flores destacando: amarillo, rosa, naranja, rojo… El olor era espectacular. La primavera se sentía así de esa manera, en los ojos, en el olfato… ¡Maravillosa Primavera!

El jardín pertenecía a una pequeña cabaña junto a la playa. Un portal de madera pintado de blanco separaba el jardín de la arena.

 Vivían en aquel paraje de ensueño una mujer que pasaba mucho de los ochenta y su pareja que también rondaba esa edad. Se sentaban en el porche, en dónde tenían colocadas dos hamacas de mimbre y repetían la misma acción todos los días al ponerse la tarde, disfrutando de un té, las vistas y la tranquilidad.

Un día ella lo observó a él. Su rostro seguía siendo hermoso y sus ojos reflejaban el alma de la que hacía tantos años se había enamorado. Las arrugas estaban afincadas por toda su cara y donde más hermosas se veían eran en el borde de los ojos. Siempre le habían encantado aquellas arrugas. Adoraba verlas cuando él reía a carcajadas o sonreía. Su pelo era completamente blanco, pero seguía siendo abundante y el viento se lo agitaba suavemente hacía atrás. Qué corta se le había hecho la vida a su lado.

Lo conoció de casualidad cuando recién estaba aprendiendo a amarse y fue un largo proceso de aprendizaje. Dolor, luchas de poder, imposición, celos…

Muchas relaciones antes fallidas, muchas promesas incumplidas, sueños rotos, corazones vacíos. Hasta que llegó él.

Recordó que se sintió inmadura, poca cosa e indigna de un amor así. Recordó que lo quiso rechazar, que quiso escapar de él en pro de su zona de confort, de lo que la vida dictaba como bien y no arriesgar. 

Pasaron meses y años hasta que comprendió la realidad.

Él sintió la punzada de energía, ese calor en el cuerpo cuando ella lo miraba. La miró seguro de que ella lo estaba observando.

Seguía siendo hermosa, seguía teniendo el cabello largo y suelto al viento, completamente blanco. Su piel arrugada no escondía esas bellas facciones, tan expresivas, lo que más lo enamoró en su día. Los ojos la gran ventana. Ventana que antaño evitaba. Le aterraba mirarlos porque sabía que ella le leía el alma.

Recordó como huía de ella, como era incapaz de entender lo que sucedía, ¿lo había embrujado? Llegó incluso a pensar que era una bruja poderosa que estaba jugando con magia.

Se acercaba a ella, temía y volvía a alejarse. Así pasaron años.

Su alma se rompía cada vez que se alejaba. Estuvo con más mujeres, pero en su cabeza siempre estaba ella, la bruja, la encantadora hechicera.

Aquella hermosa tarde de primavera en el porche; ambos se encontraron en la mirada del otro una vez más. Se dieron la mano y ella en voz baja y dulce le dijo:

— En la próxima vida reconoce antes mi alma. No me hagas esperar tanto.

Él la miró. Con su maravillosa sonrisa y las arrugas de los ojos más pronunciadas le dijo:

— No habrá otras vidas amor. Ahora que te encontré jamás me separaré de ti.

Esa noche aparecieron dos cuerpos sin vida en el porche. Estaban abrazados tan fuerte tan fuerte, que nadie fue capaz de separarlos.

NO PROCEDE PONER FIN A UN AMOR TAN INMENSO.

Cuento registrado por María Belén Fernández Vilar el 28 de marzo del 2020

¿Te ha emocionado esta historia?

Tengo un regalo para ti, para que mejores tus relaciones y tu vida.