Adéntrate en esta conmovedora historia de amor.

El jardín era hermoso. Verde por todas partes y con los colores de las flores destacando: amarillo, rosa, naranja, rojo… El olor era espectacular. La primavera se sentía así de esa manera, en los ojos, en el olfato… ¡Maravillosa Primavera!
El jardín pertenecía a una pequeña cabaña junto a la playa. Un portal de madera pintado de blanco separaba el jardín de la arena.
Vivían en aquel paraje de ensueño una mujer que pasaba mucho de los ochenta y su pareja que también rondaba esa edad. Se sentaban en el porche, en dónde tenían colocadas dos hamacas de mimbre y repetían la misma acción todos los días al ponerse la tarde, disfrutando de un té, las vistas y la tranquilidad.
Un día ella lo observó a él. Su rostro seguía siendo hermoso y sus ojos reflejaban el alma de la que hacía tantos años se había enamorado. Las arrugas estaban afincadas por toda su cara y donde más hermosas se veían eran en el borde de los ojos. Siempre le habían encantado aquellas arrugas. Adoraba verlas cuando él reía a carcajadas o sonreía. Su pelo era completamente blanco, pero seguía siendo abundante y el viento se lo agitaba suavemente hacía atrás. Qué corta se le había hecho la vida a su lado.
Lo conoció de casualidad cuando recién estaba aprendiendo a amarse y fue un largo proceso de aprendizaje. Dolor, luchas de poder, imposición, celos…
Muchas relaciones antes fallidas, muchas promesas incumplidas, sueños rotos, corazones vacíos. Hasta que llegó él.
Recordó que se sintió inmadura, poca cosa e indigna de un amor así. Recordó que lo quiso rechazar, que quiso escapar de él en pro de su zona de confort, de lo que la vida dictaba como bien y no arriesgar.
Pasaron meses y años hasta que comprendió la realidad.
Él sintió la punzada de energía, ese calor en el cuerpo cuando ella lo miraba. La miró seguro de que ella lo estaba observando.
Seguía siendo hermosa, seguía teniendo el cabello largo y suelto al viento, completamente blanco. Su piel arrugada no escondía esas bellas facciones, tan expresivas, lo que más lo enamoró en su día. Los ojos la gran ventana. Ventana que antaño evitaba. Le aterraba mirarlos porque sabía que ella le leía el alma.
Recordó como huía de ella, como era incapaz de entender lo que sucedía, ¿lo había embrujado? Llegó incluso a pensar que era una bruja poderosa que estaba jugando con magia.
Se acercaba a ella, temía y volvía a alejarse. Así pasaron años.
Su alma se rompía cada vez que se alejaba. Estuvo con más mujeres, pero en su cabeza siempre estaba ella, la bruja, la encantadora hechicera.
Aquella hermosa tarde de primavera en el porche; ambos se encontraron en la mirada del otro una vez más. Se dieron la mano y ella en voz baja y dulce le dijo:
— En la próxima vida reconoce antes mi alma. No me hagas esperar tanto.
Él la miró. Con su maravillosa sonrisa y las arrugas de los ojos más pronunciadas le dijo:
— No habrá otras vidas amor. Ahora que te encontré jamás me separaré de ti.
Esa noche aparecieron dos cuerpos sin vida en el porche. Estaban abrazados tan fuerte tan fuerte, que nadie fue capaz de separarlos.
NO PROCEDE PONER FIN A UN AMOR TAN INMENSO.
Cuento registrado por María Belén Fernández Vilar el 28 de marzo del 2020

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