La princesa que no sabía amar

A veces, amar es saber decir «adiós»,

Tenía todo, pero le faltaba lo más importante

Había una vez una princesa muy caprichosa.

Vivía en un inmenso palacio, con miles de criadas que le hacían hasta la mínima tarea. Disponía de un séquito de chicos y chicas de su edad para jugar y divertirse. Su mayor diversión consistía en presumir de posesiones: muñecas, juguetes, joyas, vestidos, un palacio de verano en la playa… Era vanidosa y nunca se alejaba mucho de su espejo de mano. Le encantaba ver la cara de admiración en la gente que la rodeaba. Era la más poderosa y la más hermosa.

Una noche tormentosa con truenos sonoros y rayos esplendorosos, llegó a palacio un hermoso chico de tez morena y ojos negros azabache como los de nuestra presumida princesa. Fue conducido por el ama de los chicos a la alcoba que estos ocupaban. Su estado era desastroso; vestía con harapos, estaba completamente mojado y olía a humedad. Los chicos que estaban despiertos comenzaron a gritar: «¡No queremos ese engendro aquí! «¡Huele fatal! ¡Qué asco!» La Princesa se despertó con los gritos y fue a ver qué pasaba.

El chico y la Princesa se miraron directamente a los ojos, los dos tenían el mismo color. Sintieron amor y ternura el uno por el otro sin apenas conocerse. La Princesa nunca había sentido esas hermosas cualidades y lo único que quería era colmarlo de atenciones, que lo asearan, perfumaran, lo vistiesen de sedas, con joyas y siempre nombrándola a ella. 

A la mañana siguiente la Princesa sintió una inmensa alegría en su corazón, era como si todo su ser radiase felicidad. Estaba loca por volver a reencontrarse con el chico y saber de él. ¿Cómo había llegado al palacio? ¿De dónde procedía? Quería agradarlo y enseñarle todas sus riquezas. Quería decirle que las compartiría con él.

Lo encontró muy triste apoyado en la ventana. No entendía cómo podía sentirse así ¿albergaba lo mismo que ella en el corazón? Tendría que estar jubiloso.

Lo llevó a su alcoba para mostrarte todas sus pertenencias.

La alcoba de la Princesa era espectacular. Muchos ventanales colocados de forma estratégica le daban claridad. Estaba decorada en tonos rosa salmón y azules celestes. Había muebles elegantes por todas partes y varios joyeros rebosantes de piedras preciosas, brazaletes, collares…. Dos grandes vestidores repletos de vestidos y accesorios y muchísimas muñecas de porcelana observaban a los dos chicos desde todas partes.

— Mira cuantas cosas poseo. Preciosidades —. Le dijo mientras le mostraba joyas, vestidos…. — Pero sabes lo mejor. ¡Voy a compartir todo contigo, solo contigo! Porque me gustas y te voy a comprar joyas y ropa. Te voy a tratar como a un príncipe.

La princesa hablaba y hablaba, hacía preguntas, acariciaba al chico e intentaba con todas sus fuerzas verlo sonreír. Necesitaba que le profesase admiración, que la alagase y que le diera las gracias por todo el amor que le daba. Pero el chico no hablaba. No sonreía.

Pasaron días, meses, sin que de la boca del chico saliese una sola palabra, o una sonrisa. La princesa se desesperó. Lo castigó. Lo abrazó. Le regaló joyas, se las quitó…

Todo el amor que sintió la noche de tormenta, todas las cosas hermosas que le hizo sentir se convirtieron en odio. Lo odiaba y ese odio la hacía sufrir como jamás imaginó que sería posible.  

Un día harta de tanta indiferencia y desprecio, decidió que iba a relegarlo a las caballerizas y que ella misma lo obligaría a limpiarlas y a trabajar hasta caer rendido.  

Cuando llegó a la alcoba del chico lo encontró en la ventana llorando. Se sintió abrumada. El odió se apaciguó y se tornó en ternura:

— ¿Por qué lloras? ¿Por qué te sientes tan infeliz? No entiendo que después de haberte dado la opción de compartir contigo mis riquezas, de tratarte con amor, de decirte que eres mi más preciado tesoro miles y miles de veces, de colmarte de cariño y atenciones como jamás hice con nadie, te sientas tan infeliz.

— Princesa — Habló el chico por primera vez —. No puedo ser feliz en palacio con vos, porque no soy libre, porque no necesito riquezas materiales. Crecí en el bosque, salvaje, con animales y mi tribu y allí deseo volver. Mi cuerpo está aquí, pero mi mente está allá. Si realmente me amas como dices, si realmente quieres mi felicidad como dices, déjame libre. Déjame volver a los ríos, a los árboles, al mar, déjame ir con mis animales, con mi gente, déjame ser… Déjame ser yo.

La princesa lloró por primera vez con el corazón. Amaba a aquel chico con todas sus fuerzas, pero entendió que era imposible, que jamás la amaría. Lo liberó y esa nueva sensación le causó más felicidad porque comprendió lo que era amar de verdad.

Cuento registrado por María Belén Fernández Vilar el 25 de febrero del 2020

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